Lo que no vemos

El otro día hice una visita con mis alumnos por la ciudad. La idea no era explicar determinados aspectos de la misma, pues me consta que otras las asignaturas lo hacen con el detenimiento y cuidado debido. Por el contrario, preferí que la vieran a través del objetivo de una cámara. ¿Las razones? Varias, supongo. Su formación y su futuro profesional les exigirá que su mirada sea atenta y despierta… y el objetivo se convertirá en una prolongación esencial de ella. Observar a través de ese ojo de cristal ha de ser un componente más de su aprendizaje y de su trabajo. Y, por otro lado, está ese innato disfrute que proporciona contemplar atentamente, hallar, evaluar, componer y plasmar.

¿Los elegidos? Pues esos edificios que a veces se quedan fuera de nuestro campo de visión, pero que, inevitablemente conforman parte de la imagen de la ciudad y de nuestras vidas. Bastante XIX, por supuesto… Al fin y al cabo, yo hice la elección y soy una decimonónica convencida. ¡Y a mucha honra! Algo de XX, como debe ser. Temprano, eso sí. ¡Dicen tanto de la época en que surgieron! Como tantos otros, cierto. Merecen nuestra atención por, entre otras muchas cosas, formar parte de nuestra memoria urbana. 

Paseando por las calles, mirando hacia arriba, constaté de nuevo que tuvimos arquitectos importantes en aquellos años. Junto a ellos hubo un grupo de escultores que supieron dar forma a las apetencias de la clientela y las exigencias de los profesionales, con ese gusto tan propio de determinadas modas, de ciertos estilos. Son un placer para nuestra mirada, sencillo si se quiere, casi cotidiano, pero valioso. Al fin y al cabo, son el escenario en el que transcurren nuestras pequeñas existencias.

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Profoundly british. Profoundly loved

En realidad, yo debería escribir esta entrada acompañada de un Martini con vodka, agitado, no revuelto, al más puro estilo James Bond. Esta semana celebramos el 50 aniversario del estreno de primera de sus películas: Agente 007 contra el Dr. No. Lo cierto es que, para una fan de la saga como yo (estoy tachando los días a la espera del estreno de Skyfall), ese cumpleaños sería ya un buen motivo para brindar. Ahora bien, este agente al servicio de Su Majestad ha sido interpretado por algunos de esos actores que integran mi larga lista de británicos favoritos de los que me apetecía hablar hoy. Bueno, de algunos, la lista es demasiado extensa para un único post. Por eso me pareció que, mencionar a este personaje, era un comienzo como cualquier otro para dar rienda suelta a las letras.

Uno suele buscar sus referencias de belleza femenina o masculina entre la gente famosa. Yo, que como sabéis algunos, me crié delante de una pantalla de televisión y de cine, mis modelos masculinos siempre fueron actores. Por supuesto que también tengo femeninos, pero esa será otra entrada. Esta tarde me apetece empezar por ellos. Lo curioso es que durante mucho tiempo no se me ocurrió pensar que mis gustos por los referentes masculinos tenían nacionalidad. Soy ecléctica por naturaleza, algo que también aplico a otros de mis gustos; sin embargo, el tiempo ha consolidado en mi persona una particular inclinación por los actores de las Islas Británicas. ¿Motivos? Si atiendo a lo profesional, soy capaz de confesar que admiro esa capacidad para la contención y los matices dramáticos de estos intérpretes. Asimismo, adoro sin contemplaciones las voces de algunos de ellos (me cuesta resistirme ante el tono de Benedict Cumberbatch), sus inflexiones y, cómo no, su acento. Si atiendo a lo personal… no sabría por dónde empezar.

Quizás podría comenzar por mi adolescencia, cuando aquella televisión de canal y medio hacía ciclos de películas que devoraba con fruición. Supongo que fue entonces cuando Laurence Olivier, Rex Harrison, David Niven, Sean Connery o Michael Caine, entre otros, se cruzaron en mi vida. Todavía recuerdo cuando mis padres me llevaron a ver de reestreno El hombre que pudo reinar, de John Huston. Me encantó. En aquel entonces, la televisión también emitía con frecuencia series inglesas maravillosas. A Jane Austen la descubrí en una de ellas. En los 80, irrumpió en mi existencia Jeremy Irons con la mítica Retorno a Brideshead, que sólo hizo que acrecentar mi devoción por lo británico (en lo literario, paisajístico, cinematográfico, personal y algunos aspectos más). No me extraña que mi anglofilia goce de tan buen salud.

Los actores de las Islas, de siempre y de ahora, se distinguen por su porte y por una elegancia natural. Basta verlos con un traje de chaqueta o de etiqueta para darse cuenta de que deben nacer con ellos puestos. El abrigo tres cuartos les sienta tan bien que te gustaría que siempre fuera invierno. Y, si yo fuera hombre, les pediría que me dieran clases particulares para aprender a anudarme una bufanda o un pañuelo. Vale, lo concedo, siempre tienen un estilista detrás, pero saben llevar todo eso y mucho más. A ello cabe sumar el modo en que caminan, se detienen, se apoyan en el quicio de una puerta (aunque Gosling es un maestro) o cogen una taza de té. Para muestra de todo ello, un botón, o varios: Michael Fassbender (de origen alemán, criado en Irlanda. Tenía que ser el primero de la lista), Pierce Brosnan, Richard E. Grant, Alan Rickman, Thomas Hiddleston, Colin Firth, Ralph Fiennes, Ewan McGregor, Paul Bettany, Hugh Grant (siempre me acordaré de su papel en la película de Woody Allen). Y la lista dista de estar completa.

Además, no me preguntéis por qué (supongo que por dejarme arrastrar por la admiración), los imagino con sentido del humor british y muy interesantes. Siempre me acordaré de Stephen Fry (¡qué buen actor!) hablando en un documental sobre Cedric Gibbons. Un lujo. A pesar de que parezca lo contrario a causa de tanta frivolidad, soy de la opinión de Irene Adler: Brainy is the new sexy. Aunque, en realidad, eso es algo que he pensado siempre.

Con todo, todavía me queda un último aspecto que comentar de estos británicos. Poseen un cierto grado de oscuridad que los hace todavía más atractivos. Obviamente, no quiere decir que la tengan de verdad, pero en sus interpretaciones son capaces de arrancar unas sombras asombrosas que siempre me resultan sugerentes. En ellos su físico y su interpretación adquieren dobleces fascinantes. Es quizás ese claroscuro, en ocasiones intenso, el que hace que mi inclinación por lo británico adquiera todo el sentido. No importa el físico en este caso. Puede ser algo hermoso como Jude Law y mostrarse increíble (literalmente) como un encanto de hombre en The Holiday y dar miedo en Camino a Perdición. Lo mismo sucede, con aspectos diversos, con Jonathan Rhys Meyers, Sean Bean, Damien Lewis (protagonista de Homeland), Daniel Craig o mi adorado Dirk Bogarde.  Nunca olvidaré la primera vez que vi El sirviente de Joseph Losey en inglés, sentada en el suelo en una sala atestada de estudiantes. ¡Qué inquietante! ¡Qué grande!

Os recomiendo una página de fotografías de actores. No, no es la típica. Tiene retratos magníficos (a mí es el género que más me gusta) y promete, cómo no, horas de diversión:  http://cinegirletlesvelus.tumblr.com/archive

Sofá

Estoy preparando un artículo sobre sillones y sofás del XIX. Cosas mías. El caso es que tener que escribir sobre algo que sigue formando parte de nuestro universo cotidiano, te lleva a reflexionar sobre cuestiones que siempre habían estado ahí y a las que nunca habías dedicado un minuto. ¿Cuáles? Ah, no, me las reservo. Ya las publicaré o las contaré algún día en un clase. Dejadme antes que las exprima un poco por mi cuenta. Sin embargo, es cierto que el sofá se ha convertido en uno de esos muebles indispensables en la casa. Comprarse uno se convierte en todo un reto personal (y económico a veces), que exige tiempo y puede provocar más de una discusión familiar. Si uno es un poco maniático y no cuenta con demasiado dinero para la adquisición, la aventura puede convertirse en una particular pesadilla. Y luego, claro está, surge el otro problema. Los compramos más por la estética que por la comodidad. Me da la impresión de que salimos en su busca con el modelo prácticamente metido en la cabeza: la forma, el color, el tamaño… lo que acaba dificultando la tarea. Al menos a mí me pasó y luego no había manera de encontrar lo que quería (igual me sucede con los bolsos).  Cuando, en realidad, nuestros planteamientos estéticos deberían combinarse sabiamente con otra cualidad esencial del sofá: la comodidad. Pero claro, es imposible saber si ese mueble que hemos encontrado es confortable. Lo más que hacemos es sentarnos durante un minuto en la tienda… ¡y en ese tiempo somos capaces de valorar cómo nos sentimos en él, con una seguridad encomiable! ¡En un minuto!

Luego llega a casa y esperas que funcione con el resto del mobiliario. Es quizás, junto a la televisión, el objeto estrella de muchos salones y le pides que esté a la altura de las circunstancias. ¡Qué menos! Pero no siempre pasa así. Yo viví una vez la tragedia de descubrir con horror que el tapizado que había elegido era sencillamente un espanto. Así ocurrió cuando el pobre desgraciado se metió en mi comedor. Hube de vivir con el adefesio durante años y reconozco que me avergoncé de él todos y cada uno de los días que compartimos. Ahora tengo uno con el que me siento más satisfecha, aunque es de esos que están hechos para tipos que miden un metro ochenta de estatura. Si quiero estar bien sentada, mis pies cuelgan sin piedad en el aire. Pero lo he asumido. Yo no mido un metro ochenta.

Con todo, reconozco que con los sofás tengo una relación particular. Me parece idóneo (óptimo en ocasiones) para cumplir algunas funciones: leer, escuchar música, tomarse una cerveza, ver la tele, dormir la siesta… y demás. Sin embargo, me resultan completamente inútiles para una conversación, esto es, para una conversación sin intención (para las del café, el té o el gin tonic y cuatro risas). Me resulta incomodísimo: o tu cuello sufre miserablemente intentando mirar a tu interlocutor o te tienes que poner de lado, con lo cual la tortura pasa a tu espalda. Por eso mismo en el XVIII tenían ese diseño maravilloso llamado “veilleuse”. Encontré unos dibujos fantásticos en el museo de arte de Indianápolis, por ejemplo. Esos sí eran sofás de verdad.

De todos modos, si me pudiera permitir el lujo de comprarme uno especial, me iría a los anticuarios para dejarme un dineral (muchísimo) en un Danhauser (Joseph Ulrich). Las piezas de este diseñador Biedermeier exhiben en ocasiones una sofisticación exquisita que me recuerda a la del Art Decó (que también adoro). Sus sofás tienen algo especial que los hace únicos en el XIX, y ahora. Supongo que alguien que me conozca y vea sus creaciones pensará que no encajan con mi estilo (no se me queden con la primera imagen de Internet). No es verdad. Además, en esos asientos se podrá hacer cosas que deben sentar de maravilla. Aunque claro, para una obra así, tendría que tener una casa en consonancia y no es el caso… Bueno, nunca se sabe. A lo mejor acabo teniéndola, ¿no?

La arquitectura de la materia

El próximo día 10 de septiembre se inaugura la nueva exposición de fotografía de Joaquín Bérchez, Pedreiras, Carne de Dioses, en la Sala de la Muralla del Col.legi Major Rector Peset de Valencia (Plaza Horno de San Nicolás, 4). Permanecerá abierta hasta el día 23 de septiembre.

Como dice la nota de prensa de la exposición:

“En PEDREIRAS, CARNE DE DIOSES, las fotografías de Joaquín Bérchez nos adentran en ese inmenso vientre enjoyado de la naturaleza que son las profundidades de las canteras. Nos contagia la emoción de sus lustres ancestrales, ese brillar que llevó a los griegos a designar esta piedra ensimismada de belleza con la palabra marmâiro. Con su cámara recorre canteras vivas en plena extracción, o abandonadas, utilizando picados abismales y abiertas panorámicas para los titánicos frentes verticales. Los primeros planos de fragmentos reveladores de vetas y humedades, de hilos acuosos, sobre suelos y pies enfangados, alumbran en definitiva, gozos presentidos. Y, como escriben Silvia Escamilla Amarillo y Victoria Domínguez Ruiz, el acto fotográfico turba nuestra mirada, “araña esa materia natural e inerte -el mármol de las canteras- mostrándonos su vocación latente. Extrae la naturaleza escondida en el bloque de piedra y nos la revela de modo autónomo con el fulgor fotográfico de la obra de arte”.

 

 

Más información:

http://pedreiras.tumblr.com/

Twitter: @expopedreiras

http://www.uv.es/cmrpeset/cas/index.htm

http://www.facebook.com/cmrectorpeset

 

De profesión: insensata

Hace unos años alquilé una película sin pretensiones… o tal vez era yo la que no las tenía cuando la cogí. Era uno de esos films que luego, sin esperarlo apenas, te regala un rato delicioso. Se titulaba La luna en directo. Supongo que la debo conocer yo, con algunas pocas personas más que debieron pillarla casi de casualidad en el cine. No recuerdo que tuviera un impacto mediático significativo. De hecho, en alguna ocasión que la he mencionado, mi interlocutor no había oído hablar de ella. Está basada en hechos reales. Tranquilos. No voy a contar el argumento. De aquella historia guardo un particular afecto por Cliff Buxton, interpretado por un siempre eficiente Sam Neill (¿alguien se acuerda de Reilly, as de espías?. Me encantaba). En un momento dado, este personaje le comenta a otro: “Mi esposa siempre decía una cosa: el arrepentimiento da siempre más miedo que el fracaso”. A lo que su compañero responde: “Ojalá alguien me hubiera dicho eso”. Desde que la escuché, la he repetido en más de una ocasión… me la he repetido en más de una ocasión. 

En una de esas noches en las que uno se sienta en el sofá para cambiar de canal televisivo sin más, topé con un programa de tertulia en el que se hablaba del talento para el liderazgo. Uno de los participantes comentó que en nuestra sociedad la idea de fracaso está demonizada. Nadie es capaz de reconocer que ha fracasado en algún momento de su vida, cuando en otros países, por ejemplo, su asunción forma parte incluso de las entrevistas de trabajo. Se pregunta por ellos a los aspirantes… y algunos, que niegan haber vivido la experiencia, son rechazados precisamente por ello. ¿La razón? Muy sencilla: sólo fracasan aquellos que se arriesgan. Y el riesgo, aunque entraña también sus peligros, es el motor para alcanzar nuevos objetivos. A nadie le gusta el sabor de esa sensación. Es siempre muy amargo y cuesta digerirlo cuando las dimensiones a uno le sobrepasan (o cree que le sobrepasan). Sin embargo, es también cierto que se aprende de ellos… aunque eso es algo que se aprecia más tarde. Descubres qué es lo que no tendrías que volver a hacer o lo que podrías haber hecho para enmendarlo, entre otras cosas.

También es verdad que solemos considerar ese atrevimiento para arriesgar como un rasgo propio de la juventud, como si para realizar esas piruetas vitales uno necesariamente tuviera que tener veinte años, o si me apuráis treinta. Yo no lo creo así. Por eso me resultó tan gratificante leer un capítulo del libro de Sir Ken Robinson y Lou Aronica, del que hablaremos en clase, en el que se insistía en ello: no hay edad para volver a empezar, para hacer aquello que uno realmente desea hacer o para encontrar lo que ellos llaman “su elemento”. Llegados a este punto, he de reconocer que en los últimos tiempos he decidido poner en práctica aquello en lo que creo firmemente. Por eso mismo, hace unas semanas acepté un proyecto que nada tiene que ver conmigo, pero que siempre he querido abordar. Cuando me lo plantearon no sólo dije que sí, sino que además, añadí: “Y doblo la apuesta”. Así, como una campeona. Ahora, sin embargo, me entran las debilidades y apuros. La otra noche, delante de la página en blanco del Word, pensaba que, a partir de ahora, cuando me pregunten, “Y usted ¿qué es?” (típica cuestión para saber cómo te ganas la vida), tendré que contestar sin ruborizarme: “¿Yo? ¿De profesión?… insensata”.  Cabe la posibilidad de que todo acabe rodando por el camino del olvido, o puede que, por una de aquellas, mi inconsciencia me regale momentos estupendos. Y sé que son ellos los que nos hacen crecer como personas, los que nos dan sentido como individuos. ¿Por qué habría de renunciar siquiera a la oportunidad de alcanzarlos? A estas alturas, estoy segura de que, a la larga, el arrepentimiento por no haberlo intentado me dolería mucho más que el fracaso.

Novelas de luz

Supongo que uno a veces descubre las cosas más inesperadas en lugares insensatos. Imaginad una calurosa tarde de agosto y a mí, medio perdida en la sala de un museo, esperando obligatoriamente para volver a mi casa. Es cierto, allí estaba sentada, rodeada de otras personas que, como yo, desesperaban, mientras veían pasar el tiempo. Delante nuestro había una bandada de niños empeñados en construir o destruir una casa. A mi lado un padre dormitaba sentado en el suelo y yo me preguntaba cómo lo conseguía. Para evadirme de la situación, abrí el libro de Blasco Ibáñez que llevaba encima: El paraíso de las mujeres. Sólo tenía intención de empezarlo. Lo que no esperaba encontrar, ni por asomo, era una introducción del autor en la que hablaba de cine; ni sospechaba que allí descubriría un término que definía las películas de un modo hermoso. Para el escritor éstas eran novelas luminosas. Me gustó.

Creo que hacía tiempo que no veía tantas películas como en este verano, de todo tipo, de las buenas y de las muy malas. Reconozco que a veces me he cuestionado si no debía estar haciendo otra cosa, pero me encontraba TAN bien sumergida en la pantalla que era incapaz de reencauzarme. Soy feliz en una sala de cine… y soy patéticamente maniática con las citas cinematográficas. Llego tres cuartos de hora antes para comprar las entradas y soy capaz de esperar en la sala media hora si es necesario (para desespero de quien me acompaña), consumida por la impaciencia. No puedo evitarlo: para mí es casi un ritual. Es siempre como estar en casa, en un lugar extraordinario donde me pierdo durante dos horas. Las películas han sido mi terapia en tantas ocasiones que no podría contarlas. Si alguien me preguntara: ¿Cómo ha sido tu verano?. Contestaría: Cinematográfico. Y fijo que pensaría que había sido espectacular y tal vez misterioso. Sí, lo ha sido… pero de ficción.

Otros recordarán su infancia en un parque, trotando por la playa o jugando con sus amigos en la calle; la mía, cuando la evoco, la sitúo en un cine. Fui una niña muy afortunada. Me acuerdo que, a veces, mi madre me dejaba el asiento sin bajar para que me sentara encima y nadie me tapara. Era muy incómodo, pero no me importaba. ¡En mi ciudad había tantos cines! Supongo que a falta de una programación teatral, por entonces muy pobre, el público se volcaba en el ocio cinematográfico. El otro día alguien me preguntó sobre el tema. Fui capaz de contar quince salas de estreno y me perdí con las de reestreno. Porque aquello era realmente un festival. Entre los primeros había algunos inmensos, maravillosos. En algunas épocas y con algunas películas, se abarrotaban hasta la bandera. Recuerdo colas larguísimas para comprar las entradas y en ellas la espera parecía no acabarse nunca. Recuerdo aquellos tipos que te ofrecían entradas de reventa. ¡De reventa para ir al cine! Y luego el olor, que nada tenía que ver con ese artificioso de palomitas que te inunda cuando entras hoy en día. Era un aroma especial que echo de menos. Con todo, lo que más me gustaba era cuando mis padres decidían ir a uno del barrio. Aquellos eran más modestos, pero tenían una ventaja: podías ver dos o tres películas en una tarde. Entrabas de día y salías de noche. Por eso llevábamos la merienda y, en alguna ocasión, la cena también. Tengo presentes, como si lo viera ahora mismo, las vitrinas que colocaban en los vestíbulos donde podías contemplar imágenes de la película. Yo me detenía delante deseando tener algunas, anhelando cogerlas y llevarlas a mi habitación para mirarlas una y otra vez. Creo que es la única vez que he querido de verdad llevarme algo que no era mío. Mi sentimiento de culpabilidad fue algo menor cuando, por primera vez, pude ver la película titulada La noche americana de François Truffaut. Juraría que era esa.

Hoy todo eso se ha perdido. A pesar de que hoy puedo ver películas en cualquier momento, me llena de nostalgia la ausencia de estos lugares. No soy de las que mira su infancia con melancolía, para nada, pero sí echo de menos esas inmensas salas, la expectación (que todavía está presente de algún modo), aquellos vestíbulos (algunos con espejos, dorados y molduras), aquellas fotos clavadas en los expositores y aquellos bares en los que podías comprar una bolsa de palomitas dulces. Soy de las que sangro cuando veo ese Capitol arrasado por dentro, porque para mí era algo más que la arquitectura de una época: era mi arquitectura sentimental. Como la de todos los demás cines. No, no he tenido un verano cinematográfico. En verdad, ahora que lo pienso mejor, toda mi vida ha sido cinematográfica. Las películas siempre han estado en ella.